domingo, 10 de mayo de 2015

NUEVO TRATADO

Buenas. Esta es la tarea final, ha consistido en crear un nuevo tratado con la ficha creada de un amo inventado. Aquí esta el tratado inventado por mí:



NUEVO TRATADO

“Cómo Lázaro se asentó con un sastre y de lo que le acaeció con él”


Cansado de tanta mentira e hipocresía del buldero, seguí mi camino en busca de una vida mejor. Me encaminé a Cuenca y, allí, fue donde encontré a mi nuevo amo, Fermín de Castro González, más conocido por su apodo “El Mago de los Trajes”, ya que ostentaba el oficio honorable de sastre de la ciudad, confeccionando unos trajes fantásticos para su clientela. El sastre aprendió su oficio desde pequeño gracias a su padre. Éste se llamaba Antón y su madre, que era mesonera, Isabel. Ambos residían y procedían del bonito pueblo salmantino de Alba de Tormes.

Nuestro encuentro fue algo fortuito. Recorriendo y mendigando por las calles de esta nueva ciudad, me topé con él y, sin querer, le tiré varias telas que llevaba en sus manos.
- Lo siento, señor -dije yo- no le vi y me choqué con vos.
- No te preocupes, zagal; tampoco te vi yo venir.
Mas no pasó mucho tiempo de nuestro encuentro cuando le pregunté a dónde llevaba esas telas. Me dijo que eran para una clienta que vivía en la plaza principal.
- Me ofrezco a llevárselas ya que se las he tirado. He visto que vos sois mayor y que tiene algún problema en las manos.
Cumplí lo prometido y volví al lugar de los hechos para encontrarme con el señor. Me gustó la experiencia, y decidí proponerle ser su ayudante, tanto para el transporte de tejidos como para las tareas de la casa. Él, con un tono amable, aceptó mis servicios, pues, dadas las dolencias de sus pies y manos, mejoraría su salud. Fue por ello que di gracias a Dios, por haberme encontrado un amo que pudiera enseñarme un oficio y darme un techo donde vivir y comida para no tener hambre.
- Hasta ahora no me has dicho cómo te he de llamar -me preguntó-. 

- Lázaro -respondí-.

- Pues bien Lázaro, por oficio tengo el de sastre y como norma lo que dice el refrán “el sastre, corte y cosa, y no se mete en otra cosa”. Mi clientela sólo necesita de mí unos buenos trajes y nada más, por ello tú deberás seguir esto y dedicarte sólo a lo ordenado por mi persona, teniendo la discreción como principio en tu nuevo servicio.

Tras el reencuentro, nos dispusimos a ir a la casa de mi nuevo amo para que me enseñase todo sobre el oficio y ayudarle en lo que me ordenara. Durante todo el camino, observé que se trataba de un hombre generoso y solidario, pues llevaba monedas en un pequeño bolsito de terciopelo de su abrigo y, cada vez que se encontraba con algún mendigo, le saludaba y le daba una moneda diciéndole que comprara algo de comida para alimentarse. Estuvimos alrededor de media hora andando hasta que nos presentamos delante de la casa. Era una casa señorial con ventanales y puerta principal enormes.

Una vez dentro, pude observar que tenía un gran patio central muy luminoso a donde daban todas las dependencias de la vivienda. Mi amo abrió una primera puerta y me mostró dónde dormiría. Para mi sorpresa, tenía una cama y mantas con las que taparme tejidas por él, ya que llevaban su firma bordada. A continuación, me mostró la cocina con sus grandes fogones y despensa.  Mi amo dijo:
- Aquí me prepararás los guisos, carnes y pescados con la condición de que siempre pongas una pequeña ración para ti.
- Dios bendito -pensé yo- por fin tengo un amo que, al menos, me mantenga sin hambre.
Notaba que me faltaba ver lo esencial de la casa, su taller. Éste estaba en un sótano con pequeñas ventanas que permitían que entrase aire y la luz del sol. Había varias herramientas para la costura y un sinfín de telas con las que confeccionar sus fantásticos trajes.

Después de varias horas juntos, llegó la hora de cenar y, luego, dormir. Por fin, disfruté de una cena en condiciones, lo que tanto añoraba desde hacía años.  Me fui a dormir con la esperanza de repetir y vivir esto día tras día.

Al día siguiente, me daba miedo abrir los ojos por si de un sueño se tratara, hasta que me di cuenta que no era así pues oí la voz de mi nuevo amo gritando mi nombre y pidiéndome que preparase el desayuno. Hecho ésto, nos dispusimos a bajar al taller de costura y a empezar el trabajo del día.

Mi amo revisaba en unas hojas las medidas de las mujeres que le habían encargado trajes y, seguidamente, cortaba las telas con sus tijeras como si de pinceles se tratase sobre un lienzo. Cuando cosía las telas y daba forma a los trajes, los resultados eran fantásticos. Desde que entré a su servicio, mi amo no se desplazaba ni cargaba los trajes para sus clientas, nobles y damas de la época, sino que contaba conmigo para dicha labor, mejorando así su estado. Y este proceso día tras día.

Además de darme comida y cama, a la semana recibía varios maravedís y blancas para lo que quisiera. La combinación entre su fantástica confección y mis rápidas entregas funcionaban muy bien. Pero, un día por la mañana, no me gritó para que me despertase y preparase el desayuno. Rápidamente, me dirigí a sus aposentos comprobando que mi buena suerte se había ido, pues mi apreciado amo dormía plácidamente para siempre, como si de un ángel se tratase. Fueron muchos los pensamientos y sentimientos que me sobrevinieron de los días vividos con mi estimado “Mago de los Trajes”, y  como reflexión personal si de algo me sirvió el estar en su compañía, fue el aprender que el amor y la amistad no se deben mendigar, sino que se merecen por dignidad.

Estaba triste por este suceso, pero, como es normal, tuve que olvidarme de esto, dar gracias a Dios por estos maravillosos meses y seguir mi vida.






Un saludo, Javier.

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